Indigencia y silencio en Ciudad Altamirano

Entre el ruido constante de la avenida Lázaro Cárdenas, en Ciudad Altamirano, la figura silenciosa de Heriberto se ha vuelto parte del paisaje urbano, reflejando la pobreza extrema y la fragilidad humana que persisten a plena vista en la cabecera de Pungarabato.
Un punto fijo en medio del caos urbano
A unos pasos del banco de vivos azules, justo en la esquina que forma la avenida Lázaro Cárdenas con la calle Pungarabato Poniente, Heriberto permanece inmóvil durante horas. Su silueta parece confundirse con la pared, como si la ciudad misma intentara borrarlo sin lograrlo del todo.
El ir y venir de comerciantes, motociclistas y transeúntes contrasta con su quietud. Mientras la ciudad avanza con prisa, él permanece ahí, resistiendo el paso del tiempo y del olvido.
Sobrevivir sin pedir
Heriberto no extiende la mano ni levanta la voz. No persigue miradas ni solicita monedas. Aun así, su presencia despierta la compasión de algunos que, en silencio, dejan unas monedas o un poco de comida a su alcance.
“Me llamo Heriberto… Heriberto”, alcanza a decir con un hilo de voz cuando alguien se detiene lo suficiente. Tras pronunciar su nombre, desvía la mirada, como si el simple acto de ser visto le pesara más que el hambre.
El cuerpo como testimonio de la calle
Sus pies descalzos caminan y se detienen sobre el asfalto ardiente de Tierra Caliente, curtidos por el sol y la indiferencia. Sus manos, nerviosas, intentan cubrir una hernia que sobresale a la altura del ombligo, apenas disimulada por una playera vieja y descolorida que ya no protege del todo.
El polvo, el calor y el olor de la intemperie forman parte de su día a día. Son marcas visibles de una vida que se ha desarrollado, casi por completo, en la calle.
La rutina del abandono
Día tras día ocupa el mismo espacio, como si ese pequeño tramo de banqueta fuera su único territorio seguro. Para muchos ya es parte del entorno, una figura conocida que se mira de reojo y se esquiva con prisa.
Sin embargo, detrás de su silencio y de su mirada esquiva, es inevitable pensar que existe una historia no contada, una vida previa y quizá un anhelo profundo que lo mantiene de pie, aferrado a la rutina y a la esperanza mínima de sobrevivir un día más.
Una realidad que incomoda
La presencia de Heriberto evidencia una realidad que incomoda: la pobreza extrema no está lejos ni escondida, camina y respira en el corazón de Ciudad Altamirano. Está ahí, esperando algo más que monedas: una mirada humana, atención y acciones que vayan más allá del paso apresurado.
Heriberto sigue ahí, silencioso, mientras la ciudad continúa su marcha. La calle, su hogar y su única confidente, guarda silencio sobre su pasado y sus sueños, recordando a todos que la fragilidad humana también habita en plena avenida.
